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Con un
himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil
años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como
« estrella del mar »: Ave maris stella. La vida
humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos
el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la
historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el
que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las
verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas
que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de
esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por
antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas
de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos
también luces cercanas, personas que dan luz reflejando
la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para
nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser
para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su «
sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella
que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en
la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros,
plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?
Así,
pues, la invocamos: Santa María, tú fuiste una de
aquellas almas humildes y grandes en Israel que, como
Simeón, esperó « el consuelo de Israel » (Lc
2,25) y esperaron, como Ana, « la redención de Jerusalén
» (Lc 2,38). Tú viviste en contacto íntimo con
las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la
esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su
descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el
santo temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios
entró en tu aposento y te dijo que darías a luz a Aquel
que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo.
Por ti, por tu « sí », la esperanza de milenios debía
hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú
te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has
dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase
en mí según tu palabra » (Lc 1,38). Cuando llena
de santa alegría fuiste aprisa por los montes de Judea
para visitar a tu pariente Isabel, te convertiste en la
imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la
esperanza del mundo por los montes de la historia. Pero
junto con la alegría que, en tu Magnificat, con
las palabras y el canto, has difundido en los siglos,
conocías también las afirmaciones oscuras de los
profetas sobre el sufrimiento del siervo de Dios en este
mundo. Sobre su nacimiento en el establo de Belén brilló
el resplandor de los ángeles que llevaron la buena nueva
a los pastores, pero al mismo tiempo se hizo de sobra
palpable la pobreza de Dios en este mundo. El anciano
Simeón te habló de la espada que traspasaría tu corazón
(cf. Lc 2,35), del signo de contradicción que tu
Hijo sería en este mundo. Cuando comenzó después la
actividad pública de Jesús, debiste quedarte a un lado
para que pudiera crecer la nueva familia que Él había
venido a instituir y que se desarrollaría con la
aportación de los que hubieran escuchado y cumplido su
palabra (cf. Lc 11,27s). No obstante toda la
grandeza y la alegría de los primeros pasos de la
actividad de Jesús, ya en la sinagoga de Nazaret
experimentaste la verdad de aquella palabra sobre el «
signo de contradicción » (cf. Lc 4,28ss). Así has
visto el poder creciente de la hostilidad y el rechazo
que progresivamente fue creándose en torno a Jesús hasta
la hora de la cruz, en la que viste morir como un
fracasado, expuesto al escarnio, entre los delincuentes,
al Salvador del mundo, el heredero de David, el Hijo de
Dios. Recibiste entonces la palabra: « Mujer, ahí tienes
a tu hijo » (Jn 19,26). Desde la cruz recibiste
una nueva misión. A partir de la cruz te convertiste en
madre de una manera nueva: madre de todos los que
quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo. La espada del
dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza?
¿Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la
vida sin meta? Probablemente habrás escuchado de nuevo
en tu interior en aquella hora la palabra del ángel, con
la cual respondió a tu temor en el momento de la
anunciación: « No temas, María » (Lc 1,30).
¡Cuántas veces el Señor, tu Hijo, dijo lo mismo a sus
discípulos: no temáis! En la noche del Gólgota, oíste
una vez más estas palabras en tu corazón. A sus
discípulos, antes de la hora de la traición, Él les
dijo: « Tened valor: Yo he vencido al mundo » (Jn
16,33). « No tiemble vuestro corazón ni se acobarde » (Jn
14,27). « No temas, María ». En la hora de Nazaret
el ángel también te dijo: « Su reino no tendrá fin » (Lc
1,33). ¿Acaso había terminado antes de empezar? No,
junto a la cruz, según las palabras de Jesús mismo, te
convertiste en madre de los creyentes. Con esta fe, que
en la oscuridad del Sábado Santo fue también certeza de
la esperanza, te has ido a encontrar con la mañana de
Pascua. La alegría de la resurrección ha conmovido tu
corazón y te ha unido de modo nuevo a los discípulos,
destinados a convertirse en familia de Jesús mediante la
fe. Así, estuviste en la comunidad de los creyentes que
en los días después de la Ascensión oraban unánimes en
espera del don del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14),
que recibieron el día de Pentecostés. El « reino » de
Jesús era distinto de como lo habían podido imaginar los
hombres. Este « reino » comenzó en aquella hora y ya
nunca tendría fin. Por eso tú permaneces con los
discípulos como madre suya, como Madre de la esperanza.
Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a
creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia
su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y
guíanos en nuestro camino.
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